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La Coctelera

prosas_y_cosas

15 Octubre 2011

Mapa de un verano literario

I

Una de las imágenes literarias más enraizadas en mi memoria se remonta a un verano de mi niñez, a la portada de una novela que hasta la fecha supongo policiaca y cuyo título nunca pude registrar. Es cerca de medianoche, y el calor ha hecho desovar a las arañas en la chimenea de la casa de campo que mi familia alquila anualmente para las vacaciones escolares. La idea de compartir el mismo espacio con un batallón de insectos que sojuzga el mobiliario de madera me impide conciliar el sueño, por lo que salgo de la cama y voy a la sala en penumbra para enfrentar el horror artrópodo. Enciendo una lámpara, avanzo de puntillas hasta el reducto de los invasores y los veo columpiarse, casi invisibles, en una frenética geometría de hilos entrecruzados que alcanza la repisa de la chimenea, donde dormitan los paperbacks que los dueños de la casa —una anciana pareja constituida por un canadiense y una mexicana— han entregado a la siesta amarillenta de las cosas en desuso. Me llama la atención uno de los libros y, venciendo la repugnancia, le quito de encima a seis o siete arañas minúsculas para luego concentrarme en su cubierta, que ofrece a un hombre degollado con los brazos abiertos al pie de una cascada que hace las veces de altar cristalino en medio de una de esas catedrales que suele erigir la flora desmesurada del trópico. Veo que la sangre mana del cadáver en hebras tan frágiles como las que usurpan la chimenea; veo, entre el inglés desvaído de la contraportada, algunas palabras de ecos misteriosos: murder, summer, thriller. Sin que mis padres se dieran cuenta, el libro pasaría a formar parte de mi equipaje de regreso a la ciudad, junto con otros fetiches que con los meses perderían sus atributos mágicos: piedras recogidas al borde de la laguna, una resortera de plástico azul, una Polaroid rota rescatada del polvo de un sendero. El libro, no obstante, seguiría ejerciendo su embrujo: era un verano —la intuición, el recuerdo de un verano— que cabía perfectamente en la palma de una mano que pronto, temblorosa, empezaría a escribir cuentos de corte policiaco recorridos por la sombra de un personaje dispuesto como ofrenda en una suerte de altar estival.


II

Aunque no estrictamente libresca, hay otra imagen que me acompaña desde la infancia y que se relaciona también con aquellos veranos en el campo: el juego que a mi padre le dio por llamar “la búsqueda del tesoro”. Aprovechando que algunos mosaicos de los baños de la casa alquilada tenían la efigie de los barcos piratas de mayor renombre —una excentricidad que aún no puedo explicarme—, mi padre logró una noche que el cónclave de incautos integrado por mis hermanos y yo creyera que Sir Francis Drake, el más mítico de los bucaneros, había naufragado a orillas de la laguna cercana y escondido antes de morir un cofre stevensoniano lleno de riquezas. A la mañana siguiente, pretextando una de sus famosas caminatas, mi padre desapareció durante el desayuno familiar, sólo para regresar más tarde blandiendo un trozo de papel que aseguró haber hallado en la laguna. El papel en cuestión era, lógicamente, el mapa del tesoro de Sir Francis Drake; la tinta deslavada, las flechas y otras señales que querían ser crípticas y sobre todo una imaginación a prueba de balas impidieron que el cónclave de incautos reunido en torno de la mesa del desayuno reconociera la inconfundible labor de la mano paterna. Así, en medio de una ansiedad que se haría insoportable con el paso de las horas, comenzó la cacería del botín. Escoltado por el verdadero autor del mapa, el cónclave de incautos echó a andar bajo el sol de verano, obedeciendo al pie de la letra las indicaciones legadas por el falso bucanero, descifrando las pistas más indescifrables —¿qué significaba esa cruz, dónde estaba aquella enorme roca ovalada?—, comparando la ruta de tinta de la ficción con los rumbos terrosos de la realidad. Siempre que un miembro del cónclave daba con un vestigio que correspondía al mapa —ora un cruce de senderos, ora dos árboles entregados a un insólito abrazo vegetal—, la ansiedad crecía para ser remplazada de inmediato por la decepción: aquel vestigio sólo llevaba a otra pista que a su vez conduciría a otra y otra más, ad infinitum. De aquel mediodía tachonado de ilusorias huellas piratas recuerdo especialmente, aparte de la sudorosa agitación que se había apoderado de los integrantes del cónclave, la cabra muerta, destripada a mitad de un camino y reclamada por las moscas, que mi padre —ni tardo ni perezoso— atribuyó a la maldición de Sir Francis Drake. Recuerdo también que, conforme se aproximaba la hora del almuerzo, los buscadores de tesoros empezamos a acusar graves síntomas de hambre y cansancio e incluso a sufrir visiones de viandas humeantes: el juego había concluido, el botín se había trasladado súbitamente a la cocina de la casa alquilada. Recuerdo o creo recordar que, durante el regreso de la expedición, el cielo se nubló con rapidez vertiginosa: una típica tormenta estival se incubaba en la otra orilla de la laguna, prometiendo una tarde de terraza con libros y relámpagos húmedos. Recuerdo haber comprendido después, mientras me bañaba y seguía el barco de Sir Francis Drake en su inmóvil navegación por los mosaicos de la ducha, que a final de cuentas el auténtico objetivo de ese día no había sido el tesoro, la recompensa por la búsqueda, sino la búsqueda misma. Una búsqueda de atisbos y señales que he intentado continuar ayudado por la literatura, ese otro mapa que exige ser descifrado.


III

Arañas, thriller, lluvia, verano: palabras o pistas —en el fondo son lo mismo— que han guiado mi búsqueda en la escritura. Para ilustrar la “pulverización de la realidad” emprendida por Lucrecio en De rerum natura, Italo Calvino cita entre otras imágenes a “las telarañas que, mientras andamos, nos envuelven sin que nos demos cuenta”. Quisiera pensar que el desconcierto tejido por las arañas en la chimenea de la casa alquilada —una chimenea vuelta librero improvisado, biblioteca inaugural— me ha acompañado siempre a la hora de escribir; quisiera creer que mis textos transmiten, no sé si eficazmente, ese desconcierto: una sensación de telarañas que “nos envuelven sin que nos demos cuenta”, una vaga intuición de algo que pende por detrás de lo narrado, al margen del lenguaje, en esa zona reservada a la penumbra artrópoda. No puedo negar que esta penumbra, esta amenaza agazapada en palabras y acciones, es producto de una implacable inclinación por los thrillers, de la voraz lectura adolescente de Agatha Christie, John Coyne, Stephen King, T. E. D. Klein, John Saul y Peter Straub —entre muchos otros autores— y de los maratones sabatinos de cine de terror a los que un amigo y yo nos entregamos voluntaria, tal vez absurdamente, durante la preparatoria. Aunque con el tiempo he decidido deambular por rumbos distintos, consultar mapas quizá más perdurables, a veces me sorprendo añorando esas lecturas juveniles, buscando libros poblados de sombras y atisbos ominosos —El curso del corazón, de M. John Harrison; El hechizo de Lily Dahl, de Siri Hustvedt; Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay; Kafka en la orilla, de Haruki Murakami; A Carnivore’s Inquiry, de Sabina Murray, y El glamour, de Christopher Priest, han sido algunas de mis recompensas recientes—, tratando de saldar mi deuda a través de la tensión narrativa; una tensión que desde aquellas tardes en la terraza de la casa alquilada asocio con la electricidad, con los tibios augurios de lluvia, con el aire que se oscurece antes de la tormenta. Si, como ha apuntado Calvino, “la fantasía es un lugar en el que llueve”, entonces los veranos en el campo son el origen de mi afición por ese lugar al que me ha conducido el mapa deslavado de la escritura, la búsqueda del tesoro de Sir Francis Drake. Si, como afirma el poeta francés Yves Bonnefoy, “las palabras nacen del verano como una serpiente deja tras de sí, al cambiar de piel, su frágil envoltura transparente”, entonces mi intención ha sido recurrir a una especie de verano literario, recrear el suspenso eléctrico de las tardes en la terraza, cazar el relato oculto entre las nubes de tormenta que se ciernen sobre la página vespertina. Y recoger, claro está, la “envoltura transparente” cuya fragilidad no puede sino remitirme a las telarañas secretas de la narración, esas que “nos envuelven sin que nos demos cuenta”, esas que cubren la efigie de un hombre degollado en los bordes de un lejano mapa estival.

Tags: prosas

servido por Mauricio 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Ana Cecilia Guth

Ana Cecilia Guth dijo

¡Me interesa éste tema!

Me emocioné cuando leí éste texto....aunque tengo preguntas:

1.- ¿ Es la introducción de algún mapa? o ¿ Faltan más capítulos?

Se me hace muy innovador lo que planteas con respecto al pensamiento.

Gracias.

7 Noviembre 2011 | 06:29 PM

Mauricio Montiel Figueiras

Mauricio Montiel Figueiras dijo

Gracias por tu comentario, querida Ana. El texto cuenta sólo con estos tres apartados, y lo utilicé en una versión distinta en mi libro "Terra cognita" (Fondo de Cultura Económica, México, 2007). Me alegra que haya despertado tu entusiasmo. Saludos

8 Noviembre 2011 | 12:19 AM

Ana Cecilia Guth

Ana Cecilia Guth dijo

Hola, Lo voy a tratar de conseguir para leerlo y a ver que descubro!! Gracias y seguimos en contacto!

9 Noviembre 2011 | 11:04 PM

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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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